El regreso de Superman a la gran pantalla es, sin duda, uno de los estrenos más esperados del año. Y no solo por el reto de relanzar a uno de los iconos más universales del cómic y el cine, sino por la curiosidad de ver qué podía aportar James Gunn a un personaje tantas veces revisitado. El resultado no decepciona: esta Superman es luminosa, emocionante y, sobre todo, relevante. Porque, en tiempos de división y desconfianza, la película consigue que volvamos a creer —aunque sea por unas horas— en la idea de un héroe dispuesto a hacer lo correcto, aunque no todos lo entiendan ni lo agradezcan.
Desde su primera secuencia, el tono queda claro: estamos ante un Clark Kent vulnerable, humano, con grietas. En lugar del semidiós distante de otras versiones, este Superman sangra, duda y se pregunta si su forma de actuar sigue siendo la correcta. En su mirada ya no hay certezas absolutas, sino un compromiso profundo con su papel en un mundo que lo idolatra y lo teme a partes iguales. El guion, inteligente, no rehúye plantear lo incómodo que resulta, para las instituciones y para la propia sociedad, la figura de alguien tan limpio en un sistema marcado por intereses y cálculos.
Esa carga política se hace evidente en varias secuencias en las que los gobiernos —y los medios de comunicación— se empeñan en presentarlo como una amenaza latente. Un guiño nada sutil a las tensiones actuales entre ciudadanía e instituciones, a la polarización que domina el debate público y a la sospecha permanente hacia quienes actúan con principios. La película no olvida recordarnos que incluso la bondad genera miedo en un mundo acostumbrado a las segundas intenciones.
La dirección de Gunn imprime a la cinta un ritmo ágil y una estética potente, con escenas de vuelo y de acción que quitan el aliento y recuerdan por qué Superman es uno de los mayores espectáculos del género. La dirección artística es brillante, especialmente en las escenas en Metrópolis, donde la ciudad se convierte en un personaje más, vivo y contradictorio. Y, sin embargo, lo que más brilla no son las explosiones ni las batallas, sino los momentos íntimos en los que Clark muestra su humanidad. Las conversaciones con su madre, su angustia al no poder salvar a todos, su sonrisa rota al ver cómo lo cuestionan… Todo ello dota al personaje de una profundidad que lo hace más cercano, más real, sin perder su grandeza.
Ahora bien, la película no es perfecta. Y conviene señalarlo. En la mismísima primera escena hay un descuido tan visible que rompe momentáneamente la ilusión: tras rescatar a varias personas en un incendio, Superman aparece malherido y cubierto de sangre, tendido en el suelo. Un perro callejero se le acerca y lame una de las heridas… y el maquillaje se va con la lengua, dejando al descubierto la piel limpia del actor. Un error de continuidad que no debería aparecer en una superproducción de este calibre y que ya ha desatado comentarios y memes en redes sociales. No arruina el conjunto, pero es imposible no notarlo. También, de algún modo, es un símbolo involuntario del mensaje central: incluso los héroes más grandes tienen grietas.

Pese a este detalle, la película funciona en todos los niveles: es épica sin ser fría, íntima sin ser menor, crítica sin ser sermoneadora. Recupera el espíritu del personaje, pero lo adapta al siglo XXI, a una sociedad que ya no cree en mitos perfectos. En ese sentido, el Superman que nos presenta Gunn no solo es un salvador de carne y hueso, sino también un espejo de nuestra incapacidad para aceptar la pureza sin cuestionarla.
En definitiva, Superman es una película potente, emotiva y necesaria. Demuestra que, más allá del espectáculo, seguimos necesitando figuras que nos recuerden que actuar con principios es posible, aunque duela. La película nos ofrece un héroe imperfecto, criticado y vulnerable, pero también más imprescindible que nunca. Y eso, en estos tiempos convulsos, es mucho decir. Como dice el propio Clark Kent en uno de los diálogos más memorables de la cinta: “Si ser bueno incomoda, entonces todavía hay esperanza.”














